El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas

Haruki Murakami es uno de los fenómenos literarios del momento. El japonés, nacido en Kioto en 1949, no deja de sorprendernos. Es recordado por historias como Tokio Blues, Kafka en la orilla o 19Q4, de muy reciente publicación. Se dice que El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas  es la obra “menos Murakami”. Quizá porque los escenarios van mucho más allá del mundo real y Murakami entra casi en el género fantástico. ¿Fantástico? ¿Cuánto tienen de realidad estos dos relatos paralelos y cuánto de ficción?

En esta novela, el escritor nos sumerge en dos mundos que no parecen tener relación alguna aparente, pero que, conforme pasamos las páginas, van quedando más y más aunados. Eso sí, porque pasar las páginas es inevitable. El estilo eficaz y limpio de Murakami, simple pero detallado, hace que no quieras dejar de leer. Quizá porque las historias parecen tan “absurdas”, pero absurdas en un sentido Kafkiano, que tan solo quieres saber cómo se las va apañar para cerrarlas. Murakami nos presenta, por un lado, la vida rutinaria de un informático, más específicamente, un calculador, que vive en Tokio. Japón, en este mundo futurista – pero quizá no tanto –, está dominado por dos fuerzas antagónicas: el Sistema, para quien trabaja el protagonista, y la Factoría, nido de los “malvados” semióticos, que buscan sabotear al Sistema. La guerra por la información es el día a día de este despiadado país de las maravillas.

El protagonista, de quien no llegamos a saber el nombre, se ve envuelto, sin comerlo ni beberlo, en un extraño  conflicto, que se tornará en esencial para la vida humana, al ser contratado por un viejo científico que vive apartado de la sociedad y que juguetea con el control de las mentes a través del estudio de los cráneos. Por otro lado, Murakami nos habla del fin del mundo: un lugar estancado en la nada y en el nunca, puesto que sus coordenadas jamás estarán claras, una suerte de ciudad rodeada por una muralla infranqueable y en la que viven unas bestias que no son sino unicornios que, cuando llega el invierno, mueren bajo las heladas. Al protagonista de esta nueva historia, recién llegado a la ciudad y sin saber por qué está allí ni cómo ha llegado al otro lado de esa muralla, se le encomienda la tarea de la lectura de los viejos sueños encerrados en los cráneos de los unicornios. Mediante este punto de conexión, Murakami va tejiendo una historia trepidante que podríamos extrapolar a la oposición de los dos hemisferios de un cerebro: el racional y el emocional. Y Murakami va más allá ¿qué pasa cuando éstos dos se unen?

Murakami tiene ojos hispanoamericanos. Los japoneses solo reconocen como suyo su estilo detallado y su estética acumulativa, pero la forma de narrar, de mirar, de contar tiene mucho del realismo mágico de Gabriel García Márquez y de los autores hispanoamericanos de la década de los 60. También le debe mucho, como ya hemos señalado, a Kafka: un punto absolutamente kafkiano que hereda Murakami es la habilidad para contar las cosas más extrañas y surrealistas con la mayor naturalidad. ¿Quién no recuerda a Gregor Samsa preocupado por llegar tarde al trabajo cuando se despierta convertido en una cucaracha gigantesca? Para quien lea la obra del autor japonés esto tampoco pasará desapercibido.

En definitiva, El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas es una fábula que nos invita a dar un paso a través del espejo en la línea de Carroll, una Distopía que no tiene tanto de imaginario, una literatura simbolista que profundiza en el estudio de ultra-temas esenciales como la sociedad, la enfermedad, el poder, la muerte, la vida y, sobre todo, la soledad.

Un viaje al subconsciente que no os podéis perder.

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