Einstein y el dodo

 

Sentada en primera fila del mágico Teatro del Mercado viví el viernes una  experiencia única e irrepetible: una metáfora sobre la existencia, el dolor, la muerte, la vida, la felicidad, que nos llega a través del Teatro del Temple y de la voz de Ricardo Joven, con bigotes de Einstein, acento alemán y una gran obsesión por el pájaro Dodo.

La obra, que como ya os comenté por aquí, está escrita también por Ricardo Joven, nos sitúa en un apartamento de Manhattan donde se refugia Albert Einstein tras enterarse de uno de los mayores crímenes de la historia: la caída de la bomba nuclear sobre Hiroshima y Nagasaki. Einstein, abrasado por los remordimientos y la culpa, decide contar la historia de los pájaros Dodos y de su extinción, haciendo de esta historia una maravillosa fábula sobre la humanidad. Graba todo esto pues espera que en algún momento, la hija a la que nunca conoció Leisserl – y con ella, todos los hombres – pueda escucharla y aprender de ella.

Einstein nos narra su infancia, sus primeras crisis, sus amores y sus desventuras. La acción, que se sitúa en una magnífica escena de pizarras repletas de fórmulas, se ve interrumpida repetidas varias veces por una radio que transmite las últimas noticias sobre los hechos que han conmocionado al mundo y llamadas telefónicas que trasladan a Einstein a otra época, en una suerte de delirios que reflejan el dolor profundo y agudo que hubo de sentir de verdad este magnífico hombre. Quedan recogidas, además, las geniales frases del físico, como: “Mi laboratorio está bajo mi sombrero” o “Sólo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana”.

En mi opinión, enfrentarse al público durante hora y media es ya un logro. Tú sólo, sobre las tablas, sin nada más que todos esos objetos esparcidos por el suelo  – papeles, disfraces, paraguas, marionetas -, tú sólo representando un papel, metamorfoseándote en otra persona. Y Ricardo Joven supera este reto a la perfección: no sólo transmite un Einstein humano y verdadero, sino que sabe llevar el ritmo de la obra  con un pulso excelente: bromas, lágrimas, dibujos, cuentos, fantasías, dolor y una crítica tenaz hacia una sociedad que permite la extinción no solo de los dodos sino de las ideas y del pensamiento.

Un trabajo genial que nos regala la potente imagen de un Dodo gigante sobre el Empire State Building. O, en definitiva, una obra de teatro con una espectacular interpretación y una muy buena escenografía que llama a una seria reflexión sobre la existencia del ser humano, su poder y sus fines.

Natalia
luvinlu@hotmail.com
www.enpicado.blogspot.com

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