LA INVENCIÓN DE HUGO. Oliver Twist se enamora del cine

Es muy probable que si Charles Dickens no hubiese muerto apenas 20 años antes de que el cinematógrafo hiciera su primera exhibición en público, alguno de sus personajes hubiera acudido a alguna sala a ver alguna película. Si a Dickens le gustaba subrayar las relaciones entre lo más alto de la clase alta y lo más bajo de la clase baja, un invento que permite a la clase baja vislumbrar admirados lo que la clase alta muestra a través de una pequeña y efímera ventana es toda una metáfora del espíritu del inglés.

Por todo ello, Scorsese revive el espíritu de Oliver Twist y lo convierte en un relojero que habita entre las paredes de una gran estación. Se hace amigo de una pequeña niña a la que le cuenta cómo su padre le llevaba a ver películas extraordinarias sobre cohetes que aterrizaban en el ojo dela Luna, y se cuelan entre las paredes para ver qué hacen con un extraño robot que el pequeño Hugo ha encontrado.

De esconderse entre las paredes de la estación pasan a esconderse entre los pasillos de un cine para ver a Harol Lloyd. Niños sin dinero desafiando a la legalidad para disfrutar de unos minutos de cine que quedarán impregnados para siempre en las retinas de los protagonistas. Auténtica magia en movimiento que no solo se queda en la pantalla, sino en toda la sucesión de anécdotas que envuelven a la aventura para convertir lo cotidiano en épico.

Charles Dickens ha firmado otras aventuras de niños que desafían la legalidad para disfrutar un poco de un placer inocente. Scorsese ha convertido al cine en protagonista y leit motiv de lo que Hugo vive en la película.

Solo hay que pensar cuándo hemos sido nosotros un pequeño Hugo para darnos cuenta de si hemos amado al cine tanto como él. Seguro que alguien ha hecho alguna locura para colarse en el último estreno de una película prohibida, o acudido al videoclub a alquilar una película para mayores de dieciocho años, o visto a escondidas una cinta que le ha marcado para siempre. Seguro que la ha vuelto a ver cumplidos unos años y le han venido a la cabeza los recuerdos de antes y de después de verla. Como a Hugo le pasará cuando vuelvan a reponer en algún cine El hombre mosca (Fred C. Newmeyer y Sam Taylor, 1923) o como seguramente a Scorsese le ha pasado cuando han vuelto a poner alguna de las películas que ha marcado su carrera.

Es necesario acompañar a Hugo en su aventura y ver más allá de la fantasía infantil que nos cuenta. Igual que Oliver Twist parece enamorarse de la literatura en casa del Sr. Brownlow, aquí Hugo vivirá un amor todavía más profundo que no se puede explicar hasta haber terminado de ver la película.

Adrián Gómez

@agomezgz

escritorioenobras.com

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